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MERCADO INFANTICIDA. Por J. M. Martín Medem

10/11/2003 

En la región nicaragüense de Chinandega nacieron criaturas con dos cabezas, un solo ojo, varias orejas o un tercer brazo en medio de la espalda. Sus madres estaban envenenadas con Nemagón, un pesticida que la Shell Oil y la Dow Chemical empezaron a fabricar hace cuarenta años y que la United Fruit utilizó desde 1969 en sus plantaciones bananeras de Centroamérica. En 1975 la Agencia de Protección Ambiental prohibió su uso en los Estados Unidos, pero no su exportación. Las multinacionales estadounidenses no advirtieron a los trabajadores de las bananeras que estaban envenenándose y que la contaminación se acumulaba en los campos y en el agua proyectando esta maldición silenciosa sobre sus hijos. Lo importante era ganar más con los plátanos en el mercado internacional. Las víctimas eran desechables. Sobre todo sus hijos...

MERCADO INFANTICIDA. Por J. Manuel Martín Medem

El periodista José Manuel Martín Medem denuncia valientemente en su libro "La guerra contra los niños", publicado en ediciones "Voz de los Sin Voz, el drama de los niños. En todos los países, también en España, esa guerra se encuadra en la universal batalla de los fuertes contra los débiles. También existen responsables de la esclavitud infantil, y de los millones de niños condenados a servir al placer sexual de enriquecidos, y de los condenados a ser descuartizados para que sus órganos sirvan a trasplantes, también, de enriquecidos, etc.

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MERCADO INFANTICIDA

En la región nicaragüense de Chinandega nacieron criaturas con dos cabezas, un solo ojo, varias orejas o un tercer brazo en medio de la espalda. Sus madres estaban envenenadas con Nemagón, un pesticida que la Shell Oil y la Dow Chemical empezaron a fabricar hace cuarenta años y que la United Fruit utilizó desde 1969 en sus plantaciones bananeras de Centroamérica. El agroquímico DBCP -comercializado con el nombre de Nemagón- elimina los nemátodos, pequeños gusanos parásitos que atacan las raíces y arrasan los cultivos, y ataca también a las personas porque puede provocar cáncer, esteriliza a los hombres, hace abortar a las mujeres, engendra criaturas monstruosas y enloquece hasta inducir al suicidio. En 1975 la Agencia de Protección Ambiental prohibió su uso en los Estados Unidos, pero no su exportación. Las multinacionales estadounidenses no advirtieron a los trabajadores de las bananeras que estaban envenenándose y que la contaminación se acumulaba en los campos y en el agua proyectando esta maldición silenciosa sobre sus hijos. Lo importante era ganar más con los plátanos en el mercado internacional. Las víctimas eran desechables. Sobre todo sus hijos.

La economía de mercado es un infanticida implacable que malforma, mutila, margina, maltrata, explota, comercializa y elimina a millones de niños y niñas que padecen el desamparo provocado por la miseria, la violencia y la impunidad. El tráfico de niños es la manifestación más vil de esa economía de mercado que le ha puesto precio a las adopciones ilegales, a la explotación laboral de los menores, a la prostitución infantil, al asesinato de los niños de la calle y al comercio de órganos. Rociada con el infanticida de la codicia, la sociedad de consumo amenaza a la mayoría de los niños desde su gestación. Como siempre han sido las materias primas y los alimentos, los niños y las niñas son ahora el nuevo producto de exportación de América Latina. Adquiere así su más radical sentido lo que Eduardo Galeano escribió hace veinticinco años en Las venas abiertas de América Latina: «Recuperar los recursos desde siempre usurpados equivale a recuperar el destino». Estadounidenses y europeos compran a su cómplices latinoamericanos los niños de repuesto para la adopción y el trasplante, alquilan la acumulación frutal de la ternura para la prostitución infantil y explotan a los menores en trabajos para gigantes.

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