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El tiempo es vida

21/10/2011 

Siempre de prisa y hacia fuera de nosotros mismos sin hallar momento para el encuentro íntimo ni la confidencia

Momo es una narración juvenil de Michel Ende, el autor de La historia interminable. Es una narración, a primera vista, fantástica. Pero el mensaje que nos transmite encaja tan ajustadamente con nuestro tiempo, que uno tiene la sensación de encontrarse ante una historia y en un ambiente real. Momo es una niña prodigiosa. Tiene a su edad, entre ocho y doce años, el don del consejo, más esperable en una persona mayor que en una preadolescente. No se sabe quienes son sus padres y vive entre las ruinas de un anfiteatro romano, en un espacio que los vecinos le han acondicionado. Viste desgarbadamente. La prenda más habitual es un chaquetón que desborda su cuerpecito, siempre arremangado y con un cinturón que impide arrastrarlo por el suelo. No lo hace por capricho, tiene además el extraño don de discernimiento. Ella sabe lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Desde luego no las cosas materiales. Por ejemplo, lo más importante para ella es tener amigos, ganarse nuevos amigos, dedicar su tiempo a la amistad. Su don de consejo no consiste en que sabe dar a cada persona la respuesta más sagaz y conveniente, no. Su habilidad admirada es que sabe escuchar a cada persona de tal manera, que todos se retiran de ella con la impresión de haber sido entendidas. Ser escuchados, he aquí una de las necesidades más urgentes y epidémicas de nuestro tiempo. Escuchar desde la intimidad y no con mirada y oídos distraídos, como quien oye llover. Cuando alguien nos escucha, nos parece que le importamos.

El estilo de vida de Momo y sus amigos ha desencadenado una persecución a muerte por parte de los hombres grises, una especie de secta que predica el ahorro del tiempo, como clave para conseguir una vida más confortable y feliz. Han llenado la ciudad, las fábricas, oficinas y transportes de eslóganes del tipo El tiempo es oro, frente a Momo que tiene muy claro que el tiempo es vida. Trabajar más en menos tiempo. Para ello hay que suprimir todo aquello que por no producir beneficios contables debemos tenerlo por pérdida del tiempo, por dilapidarlo. Toda actividad humanitaria se convierte en pasatiempo y por ello hay que suprimirla. Aún a costa del estrés, del vacío existencial y de una corrosiva y amarga tristeza. Como veis Michael Ende nos está poniendo delante una radiografía de una enfermedad común de nuestro tiempo. Siempre de prisa y hacia fuera de nosotros mismos sin hallar momento para el encuentro íntimo ni la confidencia. En el ser humano todo modelo es posible, toda manera de vivir practicable; pero sólo una, la que se acomoda al bien de nuestra naturaleza nos lleva hacia la perfección y la felicidad.

Como ejemplificación hemos seleccionado el fragmento en que se nos cuenta lo que le ha ocurrido a Fusi, el barbero del barrio. Personaje entrañable para los clientes y los vecinos. Inquieto al ver que el tiempo se le iba sin haber dejado en su vivir que le prestigie, le ha asaltado la idea de que debe recuperar el tiempo y tras recibir la visita del agente correspondiente de los hombres grises ha decidido cambiar su estilo de vida. El barbero afable se ha convertido en un ser huraño que solo busca en su trabajo ganar tiempo y dinero, aunque deje de hacerlo con la habilidad de antes y pierda la satisfacción que siempre le había proporcionado. De la misma manera corta su dedicación a los amigos, a Dorita, la amiga inválida, e incluso al cuidado de su madre. Para colmo, abandona el hábito del examen cuidadoso había realizado siempre antes de dormir. ¿Pero adónde había ido el tiempo ahorrado? El tiempo es una sucesión fugaz que sólo se remansa psicológicamente cuando la fiesta o la obra buena, permiten el recuerdo gozoso y la satisfacción personal. Claro que ganaban más, que podían vestir mejor pero cada vez se volvían más nerviosos e intranquilos; sus rostros aparecían tristes y se estaban volviendo desagradables.

¿Se trata esta obra de una fantasía ajena a la verdad social que nos envuelve? ¿Es una ficción que poco tiene que ver con nuestras necesidades? Quiero resaltar la observación que se hace del miedo y huida del silencio.

 

Momo

El propósito de ahorrar tiempo para poder empezar otra clase de vida en algún momento del futuro se había clavado en su alma como un anzuelo. Y entonces llegó el primer cliente del día. El señor Fusi lo atendió refunfuñando, dejó de lado todo lo superfluo, se estuvo callado, y, efectivamente, en lugar de en media hora acabó en veinte minutos. Lo mismo hizo desde entonces con todos los clientes. Su trabajo, hecho de esta manera, no le gustaba nada, pero eso ya no importaba. Además del aprendiz, contrató dos oficiales y vigilaba que no perdieran ni un solo segundo. Cada movimiento se realizaba según un plan de tiempos exactamente calculado. En la barbería del señor Fusi colgaba ahora un cartel que decía: “el tiempo ahorrado vale el doble”.

Escribió una cartita breve, objetiva, a la señorita Daría, en la que decía que por falta de tiempo no podría ir a verla. Vendió su periquito a una pajarería. Envió a su madre a un asilo bueno, pero barato, adonde le iba a ver una vez al mes. También en todo lo demás siguió los consejos del hombre gris, pues los tomaba por decisiones propias. Cada vez se volvía más nervioso e intranquilo, porque ocurría una cosa curiosa: de todo el tiempo que ahorraba, no le quedaba nunca nada, desaparecía de modo misterioso y ya no estaba. Al principio de modo apenas sensible, pero después más y más, se iban acortando sus días. Antes de que se diera cuenta, ya había pasado una semana, un mes, un año, y otro.

Diariamente se explicaban por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo. … Pero la realidad era muy otra. Es cierto que los ahorradores de tiempo iban mejor vestidos que los que vivían cerca del viejo anfiteatro. Ganaban más dinero y podían gastar más. Pero tenían caras desagradables, cansadas o amargadas y ojos antipáticos… No tenían a nadie que pudiera escucharles y les ayudara a volverse listos, amistosos o contentos… Según decían, tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir como fuera y a toda prisa diversión y relajación.

Así que ya no podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellos, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad…

Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues para ellos nadie tenía tiempo.

Michel Ende

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