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Discurso en la Zarzuela

13/09/2011 

Extracto del discurso durante la entrega de la Gran Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social en la Zarzuela (26 de mayo de 2011)

Me toca la difícil tarea de hablar en nombre de todos los premiados, personalidades con curriculums impecables que han dedicado sus vidas a luchar por un mundo mejor.

Mujeres y hombres que combaten contra la exclusión de los más marginados y se enfrentan diariamente a la incomprensión social. Mujeres y hombres que superponen el sacrificio sobre la comodidad y que arriesgan sus vidas por salvar las de los demás. Mujeres y hombres cuyos comportamientos impecables representan los valores que dignifican a una sociedad.

Llevo más de la mitad de mi vida viendo con mis propios ojos los desastres de las guerras. Siempre cerca de la sal de la tierra donde se revuelcan los olvidados de este inmenso barrizal de violencia y cinismo que soportamos. Viendo lo fácil que es morir cuando no se ha tenido la suerte de nacer en nuestras sociedades privilegiadas.

Sólo en el último mes he visto tantas historias sobre el sufrimiento y la desgracia humana en Afganistán que ni siquiera me queda espacio en la conciencia para guardarlas.

He visto a niños condenados a la muerte por falta de un equipo de diálisis, cuyo coste es menor que cualquier bomba inteligente.

He visto a mujeres, incluso a niñas, condenadas a la violación permanente por culpa de matrimonios forzosos. He visto a jóvenes inmoladas, deseosas de quitarse la vida para liberarse de las tradiciones sociales que las aniquilan como seres humanos.

De nuevo he conocido a decenas de afganos que desconocen cómo es un país sin guerra. Que, como tantos millones de seres humanos en el mundo, nacieron en guerra y morirán en guerra.

Hace dos décadas vendimos armas a Sadam Hussein con las que gaseó y asesinó a la población civil de su país. Hace menos, unos meses quizá, vendimos armas a Muammar el Gadafi con las que aniquila a la población civil de su país.

Incluso algunas de nuestras empresas multinacionales como Repsol ampliaron sus volúmenes de negocios en Libia sin importarles el carácter criminal de su régimen.

Hace menos, incluso, hoy mismo seguimos haciendo negocios de la muerte con gobiernos que violan sistemáticamente los derechos humanos.

Se me ha condecorado por mi “labor de sensibilización social y concienciación de la opinión pública sobre el sufrimiento de la población civil, y especialmente los niños, en los conflictos armados”.

Majestad, por estos valiosos principios me siento obligado a recordar al público que el gobierno actual, liderado por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, una de las personas que más han usado, instrumentalizado, abusado y retorcido la palabra paz en las dos últimas legislaturas, ha cuadriplicado la venta de armas españolas desde 2004 y nos ha convertido en la sexta potencia del mundo.

Por estos valiosos principios quiero recordar que los culpables por acción son los que ordenan matar y los que matan en el campo de batalla.

Pero también existen unos culpables por omisión, aquellos que permiten los crímenes, aquellos que los silencian o los excusan.  Aquellos que negocian tramposamente los contratos bélicos, violando las propias leyes parlamentarias de control de armas.

Nuestro país ocupa un lugar estelar en la órbita de la violencia. Es muy desolador saber que batimos records anuales en venta de armas.

Preferiría como ciudadano español que nuestros gobernantes se dedicasen a la labor de sensibilización y concienciación de la opinión pública mundial y de los gobernantes más belicistas en aras de reducir el gran negocio que es la guerra y de poner fin al sufrimiento de la población civil y, especialmente los niños, atrapados en tantos conflictos armados mediáticos y olvidados.

Muchas gracias

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