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AGUA: De bien imprescindible a bien de lujo

23/07/2005 

En 25 años, dos tercios de la población mundial no tendrá agua potable. Los países más poderosos se están preparando para esta escasez estratégica. Un ser humano puede pasar una semana sin comer. Si le falta el agua, en tres días ha muerto.




Por Julia Rubio


El agua potable es un lujo fuera del alcance de uno de cada cinco habitantes del planeta y son dos quintas partes de la humanidad las que carecen del saneamiento más básico. Una situación que amenaza con arruinar los esfuerzos por erradicar el hambre y la pobreza extrema, universalizar la educación y la atención sanitaria, o acabar con las desigualdades en el mundo. Y es que estamos ante una crisis humanitaria silenciosa que se cobra diariamente la vida de miles de niños, socava el desarrollo de muchos países y despoja a los más pobres de su salud, su tiempo y su dignidad.

De ahí, que un grupo de expertos de Naciones Unidas haya llegado a la conclusión de que el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), pasa por poner el acento en la expansión de los servicios de agua y saneamiento a escala global.

El consumo de agua en mal estado provoca más muertes que la guerra o el terrorismo, pero no recibe ninguna atención mediática. Cada día 3.900 niños perecen a consecuencia de enfermedades diarreicas derivadas de la toma de agua sucia o de una higiene deficiente. Unas dolencias que son, a su vez, la principal causa de absentismo escolar en el mundo en desarrollo y las responsables de que muchos adultos no puedan atender sus obligaciones diarias.

Distintos tipos de bienes

Intento simplificar, aunque esto daría para una larga reflexión.
Un bien o servicio –entendido como algo por lo que paga- necesita dos condiciones para poder venderse:

1.- que su consumo sea realizado por personas (somos los únicos animales capaces de pagar)

2.- Que la persona que no pague no tenga derecho a usarlo o consumirlo.

Normalmente se distinguen dos tipos de bienes:
Bienes públicos: son aquellos en los que el hecho de que yo los consuma no impide ni perjudica que otros los consuman. El que otro se beneficie de ellos no le quita nada al beneficio que yo puedo obtener.

Pienso, por ejemplo en el AITE del campo –hablar de aire contaminado es otro asunto-. Yo respiro un aire estupendo. Vienes tú al mismo lugar, o viene toda tu familia, y nadie quita al otro ese beneficio. Nos beneficiamos por igual. A esto se le llama “no ser excluyentes ni rivales”.

Bienes preferentes: son bienes y servicios que el sector público suministra de forma gratuita. Aunque en buena parte los paguemos a través de nuestros impuestos. Pero el Estado se hace cargo de ellos. Se consideran imprescindibles para todos los seres humanos. Sin ellos no sería posible la vida y la conservación de la especie. No pueden quedar sólo a disposición de quien pueda pagar. Por eso son objeto de una “protección social”. Pensemos en la educación pública, la sanidad pública, las pensiones de jubilación, la luz en las calles, la limpieza pública...
No siempre fue así. El considerarlos bienes preferentes ha sido un enorme logro social histórico, que, en principio, sale caro al Estado, aunque luego se demuestre que a largo plazo es mejor tener una población sana, educada y satisfecha. Pero benefician a toda la población. No todos reconocen los mismos bienes preferentes (EEUU, por ejemplo, no reconoce la sanidad pública). Los gobiernos pueden introducirlos o sacarlos de esa lista.
Hoy asistimos al hecho de que bienes claramente preferentes se están mercantilizando a través de procesos de privatización. Uno de los casos más alarmantes es el del agua.


El agua y su problemática

Según datos de la UNESCO, las partes enriquecidas del planeta consumen hasta 20 veces más de agua que las áreas empobrecidas. Sin embargo las investigaciones no parecen girar en torno a la búsqueda de una redistribución del agua equilibrada en todas las partes del globo. Más bien se centran en la localización de áreas beneficiadas con acuíferos naturales que puedan erigirse como elementos de presión en la estrategia político-económica.

La privatización que se está llevando a cabo es una muestra de ello.
El primer paso ya es conocido, coincide con las estrategias empleadas con la sanidad y la educación. La clave es hacer pensar que el agua no es un derecho humano y convertirlo en un bien de consumo. Se elimina así la obligación estatal de preservar su distribución y calidad y pasarla a manos de aquellos que puedan lucrarse con este bien imprescindible.

Las empresas más fuertes

En su número de marzo de este año, Le Monde Diplomatique presenta la fortaleza de las empresas líderes en el mercado del agua. De las cuatro que en el mundo se reparten el 95% de los servicios de agua potable y saneamiento del mundo, tres son francesas. Pero sus logros, distan mucho de deberse a una distribución equilibrada y eficiente de este bien que no tendría porqué escasear, ni por ofrecer servicios eficientes.

Más bien pueden hacer alarde de las elevadas tarifas para los usuarios como las implantadas en Bolivia o en Filipinas donde el precio del agua llegó a subir un 500% desde 1997 o a la reducción de las franjas horarias de servicio.

Los poderes públicos de países como Sudáfrica y Argentina tuvieron que renunciar a la participación transnacional de estas empresas porque pretendían imponer tarifas excesivas y por no respetar las obligaciones adquiridas en inversión y calidad en el servicio.

Pero la astucia de la maniobra de estas entidades va mucho más allá de cuestiones económicas. Ponen en práctica políticas de implantación y extensión de redes de distribución alejadas del beneficio colectivo. Desarrollan campañas publicitarias asociadas a agencias especializadas que realizan “enérgicas campañas de lobby en los medios y en las esferas políticas”. Cuanto mayor sea el consumo, mayores ganancias obtendrán. Lo más sarcástico es que publican materiales de difusión escolar sobre el consumo responsable de agua y el cuidado del medio ambiente.

El riesgo de privatizar el agua

La privatización de un bien imprescindible, como el agua, sería igual que tratarlo como si fueran camisetas que se venden según la marca y calidad.

Los propietarios conocen la necesidad del producto que comercializan y por eso saben el precio al que lo pueden vender. Dicho precio determina el acceso o no de los consumidores y usuarios. Deja de ser derecho humano para ser derecho de consumo.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos se cortaría de raíz. Y podríamos estar a las puertas de un nuevo tipo de genocidio.
En manos del Estado, el agua debe ser protegida y distribuida a todos; en manos de un interés privado el agua se convierte en objeto de lucro del propietario de la empresa, sin distinción de necesidades ni obligaciones morales.

Algunos economistas y empresarios consideran que la explotación privada de recursos naturales es lícita y conveniente. Consideran que el propietario es el principal interesado en que su fuente de ingresos perdure. Sin embargo la experiencia de todo el siglo XX ha demostrado que la explotación de recursos naturales ha llevado al agotamiento de las minas, al fallecimiento de los ríos, a la desaparición de los bosques, al ennegrecimiento de los mares y a la contaminación del aire. ¿Qué nos puede hacer pensar que con el agua no vaya a pasar lo mismo? Un empresario sabe que si realiza un daño irreparable, precisamente por ser irreparable, él no va a tener que asumir el costo para paliar ese mal, porque por definición es sencillamente incalculable.

Otros economistas enarbolan respuestas teóricas en las que se defiende que es el propio mercado el que regula la situación y encuentra el equilibrio entre oferentes y demandantes; pero en este argumento se olvidan con frecuencia que es necesario que exista una gran variedad de oferentes que no constituyan un grupo (una OPEP). Los monopolios naturales de servicios públicos son blanco fácil. Sólo un oferente, a lo sumo dos o tres y una demanda que siempre va a permanecer.

El reconocimiento del agua

La ONU ha admitido que efectivamente el agua potable es un bien económico, si bien advierte que manejarlo según las leyes del mercado sería altamente perjudicial. Algunos intelectuales consideran que si el petróleo ha marcado las luchas del siglo XX, el agua puede ser el bien más deseado capaz de originar los conflictos geopolíticos más importantes en el siglo XXI.

Ciertas estimaciones consideran que dentro de 20 años la demanda será un 56% superior al suministro y que según la población actual en el mundo ya es necesaria un 20% más de la provisión de agua que hay en el momento presente.

Algunos países como Uruguay o Sudáfrica están reconociendo constitucionalmente la provisión de agua como bien necesario para todos los ciudadanos. Otras economías más sólidas como la holandesa o la danesa organizan una distribución de agua dependiente de organismos locales o municipales que facilitan el control, la calidad, la distribución y el uso.

En el momento que se comience a consentir el manejo del agua como si fuera algo de lo que se puede prescindir, no faltarán empresarios que se introduzcan en cualquier de los mercados que abriría: abastecimiento urbano, abastecimiento para regadío, trasvases, explotación del subsuelo, producción de aguas de diversas calidades...

Son muchos los que piensan que el agua va a ser uno de los negocios más rentables a mediano y largo plazo... Poco importa el costo en vidas humanas que pueda suponer.

Solidaridad.net

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