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EL JUGADOR, Fiódor Dostoievski

14/02/2005 

Jesús Ferrero establece un esclarecedor paralelismo entre el protagonista del relato y el propio autor, atrapado en las redes del juego cuando escribió la novela, 1866. Además, evoca las emotivas y delicadas peripecias que rodearon a la edición del libro y rinde homenaje a los amigos de Dostoievski para, después, subrayar la inalterable calidad literaria de El jugador y explicar el efecto salvador que la literatura acabó teniendo para este escritor ruso.






“POR LA LITERATURA, HACIA LA SALVACIÓN”

Por jesús ferrero

Pocas novelas perdurables del siglo XIX se escribieron tan rápidamente como El jugador, cuya creación por parte de Dostoievski fue casi milagrosa. Todo empezó en el otoño de 1866. Dostoievski se hallaba, una vez más, endeudado, en parte debido al juego. Stellovski, su editor, le exigía, según contrato firmado tiempo atrás, la entrega inmediata de una novela de la que, desgraciadamente, nuestro autor no había escrito ni una sola línea. Como refiere Cansinos Assens, Dostoievski había recibido dinero por anticipado de su editor, y Stellovski podía llevarlo a la cárcel si para el 1 de noviembre no tenía en su poder la novela.

Los amigos de Dostoievski, capitaneados por Miliukov, decidieron ayudarle, y estaban dispuestos a perpetrar entre todo una novela o algo que se le pareciera, pero a Fiódor no le convencía la idea y la desestimó tajantemente.
Ante semejante callejón sin salida, Miliukov le propuso al novelista recurrir a los servicios de una secretaria, que fuese escribiendoa toda velocidad lo que Dostoievski le dictara.
Y fue así como apareció en la vida del escritor Anna Grigórievna, más tarde su mujer. Gracias a su colaboración, Dostoievski pudo rematar El jugador en una semana.

Con la novela concluida, el escritor corrió a entregársela al editor cuando ya sólo quedaban unas horas para que se cumpliera el plazo. Stellovski, que quería apoderarse de todos los derechos de autor de su pupilo, no se hallaba ese día en su despacho. Al parecer, había salido de viaje. Pero Fiódor no se desesperó por eso y entregó la novela en la comisaría del distrito, desbaratando los planes de un editor perfectamente infame, que ha pasado a la Historia como símbolo de la avaricia y de la mezquindad.

Los que crean que por el hecho de haber sido escrita en siete días El jugador es una novela ligera se equivocan tanto como Cansinos Assens. Ni es una novela ligera ni de gestación forzada. Es una novela tan meditada y tan profunda como las otras de Dostoievski y tiene, además, una ventaja: está exenta de las divagaciones morales y religiosas, a veces completamente ajenas al campo semántico del texto, a las que tan proclive era Dostoievski, y su sustancia está completamente diluida en la acción y en la cadena de emociones a las que se somete es protagonista y, con él, el lector.

Bien es cierto que para escribir tan rápido una novela tan excelente es necesario tenerla antes en la cabeza y no es menos evidente que cuando ocurre eso la realización puede llegar a ser muy rápida. Ahí está el único secreto de El jugador: antes de que Anna Grigorievna cogiera la pluma, Fiódor ya había configurado íntegramente el relato en su cabeza y ya sólo le quedaba dictarlo.

Y lo tenía configurado porque, en buena parte, era el relato de sus propias experiencias como jugador en aquellos casinos de Renania, tan bien descritos en la novela, frecuentados por aristócratas rusos dispuestos a dejar en ellos hasta el último rublo.

Novela llena de peripecias bien significativas, por ella desfilan personajes genuinamente rusos, como la inolvidable Antónida Vasílievna, tan bondadosa como tiránica, y que tanto recuerda a la generala de La patrona o, como el mismo narrador, Aleksieyi Ivánovich, cuya voz tanto nos acerca al cielo y al infierno del jugador.

Un cielo y un infierno que quizá hunden sus raíces en una experiencia terrible que tuvo el novelista, tras haber sido declarado culpable de atacar a la Iglesia y al Estado.
Dostoievski fue condenado a muerte y padeció un simulacro de fusilamiento. El pelotón ya estaba a punto de disparar contra él cuando le conmutaron la pena por cuatro años de trabajos forzados en Siberia.

Si uno se sitúa en el momento en que se llevó a cabo aquel simulacro que estuvo a punto de convertirse en realidad, reconocerá que fue como si la vida jugase con Dostoievski a la ruleta rusa. Todo estaba decidido y, de pronto, llega la orden de no disparar. Dentro del infortunio, fue como un golpe de suerte monstruoso. Como apostar al cero y ganar. Y uno sospecha que, en adelante, Dostoievski estuvo condenado a buscar, precisamente en el juego, esa emoción extrema y decididamente infernal. Haber estado al borde del abismo una vez creó en él una tendencia realmente peligrosa, tan inconsciente como fatal. Y al borde del abismo estaba aquel día de otoño en que le dijo a su gran amigo Miliukov. “Estoy perdido”.

Estaba perdido pero, una vez más, Fiódor Dostoievski se encontró gracias a la escritura, y por eso ahora podemos tener esta novela en nuestras manos, este apasionante relato sobre el dolor y el placer de un adicto al sonido de las ruletas, tan parecido al de las serpientes de cascabel.




“DOSTOIEVSKI, LA PESADUMBRE HECHA ESCRITOR RUSO”

Por Eduardo Chamorro

Si la literatura produjera en el cráneo o en cualquier otra porción dura del cuerpo el mismo tipo de protuberancias que, según Lombroso, acreditaban el desarrollo de una mente criminal, Fiódor Mijáilovich Dostoievski sería entonces el escritor más adecuado para la exhibición de semejantes testimonios en ferias y congresos.

Si alguien hizo de las penalidades físicas y las torturas espirituales el yunque en que forjar la vocación, la voluntad y el estilo literario, ése fue él. Hijo de un antiguo cirujano del Ejército ruso, al que describía como “un intelectual proletario”, Dostoievski demostró desde bien temprano en la vida lo perfecto de su dotación para el error y el desastre. Sólo le salieron bien las prolongadas noches de farra durante sus años de estudiante en la escuela de ingeniería militar de San Petesbrugo.

Cuando acabó ese período, su madre había muerto, su padre había sido asesinado y el joven oficial estaba sin un duro. No tenía otro futuro que el de las armas, pero decidió seguir el de las letras. O el de las letras y las armas mezclando en la singular fórmula de convertir el riesgo de la guerra en la aventura del juego, y la práctica de la esgrima y el tiro en el ejercicio de la razón conspirativa y revolucionaria.

Quizá ayudó en el proceso la secuencia que le transformó de cadete tímido en oficial lúgubre, y de oficial lúgubre en ciudadano apesadumbrado y tenebroso.
Un golpe de mala suerte puso al revolucionario en manos de los sayones del zar Nicolás II, un verdadero truhán en la ciencia de husmear conspiraciones y reprimirlas a mansalva. El escritor fue juzgado y condenado a muerte. Una peripecia diabólica lo sacó del patíbulo para enfilar el destierro en el penal de Omsk, en Siberia, donde aquel lector empedernido se encontró con el Nuevo Testamento como toda biblioteca.

De allí salió tan convencido de las excelencias de la ley y el orden, tan persuadido de que el camino de la salvación lo brinda el sufrimiento, que volvió al Ejército y abrazó con fervor la causa mesiánica de la Iglesia ortodoxo. Cuando regresó a San Petesburgo, en 1859, tras 10 años de exilio, él tenía 38 años, un matrimonio fracasado, una capacidad prodigiosa para generar deudas, y un par de novelas que lograron convencer a todos los editores de que allí había un autor al que tomar el pelo.

La primera de esas novelas, Pobre diablo, era el retrato de una amor asesinado por las circunstancias. La segunda, El doble, tenía como argumento un asunto del que otro ruso, Vladimir Nabokov, sacaría un espléndido partido. El doble cuenta la historia de un pobre funcionario de mente escindida que padece una manía persecutoria bastante razonable, pues acaba enfrentándose a un hombre que es exactamente igual que él, y que dirige a todos cuantos conspiran contra él.

Esa percepción de que Dios y el Diablo podían comer en el mismo plato y arrasar el banquete hace acto de presencia, bajo una forma u otra, en la totalidad de la obra de Dostoievski.

El tormento narrado en El jugador tiene al Bien y el Mal con los números y colores de los juegos de azar a los que Dostoievski recurrió como refugio ante la tortura espiritual de un hombre cada vez más extraño y distante de sí mismo. Pero, además, implica una segunda esclavitud: la del autor respecto al editor vampiro.

Se dice que fue su editor quien lo mantuvo en un estricto régimen económico, perfectamente adecuado para perder en el casino y no ganar nuca. El editor quería publicar la expresión del dolor y las tribulaciones de un jugador frenético, paranoico y agotado. Y lo consiguió, haciendo de El jugador un episodio parecido al del Diablo que se presentó en la casa de Mozart para encargarle un Réquiem que nunca recogió.

Wolfang Amadeus Mozart falleció en cuanto terminó el encargo, y ese Réquiem fue el suyo, con el Diablo reaparecido bajo la forma de perro negro que acompañó el féretro al cementerio bajo una tormenta de todos los demonios.




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